Quiénes, qué y cómo: la cultura del diálogo, ausente con aviso en la política argentina

OPINIÓN. Una vez más, la cuestión del diálogo entre gobierno y oposición aparece en agenda. Se trata de un tema tan recurrente como elusivo: nuestro país está caracterizado por una cultura política basada en la confrontación, en el énfasis en las diferencias, hasta en la “demonización” del otro.

Cristina Kirchner y Mauricio Macri en el acto de asunción de Alberto Fernández. (Foto: REUTERS)

Tenemos una historia de profundas grietas, la mayoría de ellas mal o nunca resueltas. Unitarios vs Federales en el siglo XIX; radicales vs conservadores hasta bien pasado el primer tercio del Siglo XX; militares y civiles; peronismo-anti peronismo; y en las últimas décadas la enorme controversia K-anti K. Hubo momentos puntuales con enfrentamientos muy severos: el antifrondizismo y la singular ola de impopularidad y desprestigio de un presidente honesto y sin estridencias como Arturo Illia en nada empañan los durísimas críticas que, en su momento, recibieron Alfonsín, Menem y el propio De la Rúa.

Sin embargo, sobre todo en situaciones de crisis, en circunstancias límite, aparece la necesidad de articular consensos entre los principales actores políticos y sociales y, por eso, se improvisan puentes para generar algo tan básico en el juego democrático como escaso en nuestro país: un mero y simple diálogo. Escucharse entre políticos de diferentes partidos. Intentar comprender las preferencias e interés en pugna. Y buscar denominadores comunes. En teoría, la democracia no puede funcionar sin esta clase de prácticas e intercambios, que deberían ser sistemáticos.


Arturo Illia, el médico rural cordobés que llegó a la Presidencia de la Nación.

¿Es culpa del caudillismo?

Pero claro, como se trata de algo excepcional, la desconfianza acumulada a lo largo del tiempo hace que, al menos hasta ahora, estos recursos extremos terminen sistemáticamente en fracasos. Si se logran concretar estos encuentros, por lo general son en privado y rara vez trascienden. Difícilmente se trata de encuentros públicos: existen minorías intensas para las que esos diálogos carecen de sentido, por lo que habrán de desestimar sus posibilidades de éxito y hasta podrían poner en duda las verdaderas intenciones entre los participantes. En efecto, cualquier acuerdo tiende a ser visto como algo espurio: sino ilegal, al menos sospechoso e incluso ilegítimo.

Algunos observadores consideran que esta peculiar característica de nuestra cultura política es una consecuencia directa de la tradición caudillista e hiperpresidencialista, que de hecho está plasmada en la Constitución. Así, la concentración de atributos y recursos que nuestra Carta Magna le asigna al presidente en la práctica desalienta y hasta le quita sentido a los intercambios de opiniones y las búsquedas de consenso con opositores. Por el contrario, el “decisionismo” de nuestros poderes ejecutivos (pasa lo mismo a nivel provincial e incluso hasta municipal) desalienta y hasta vuelve abstracta la eventual ventaja de buscar acuerdos mediante el diálogo. En contraste, los regímenes parlamentarios e incluso los semipresidencialistas (como el francés) estimulan el diálogo permanente y suponen un ejercicio sistemático de negociaciones y acuerdos no solo para formar gobierno sino para avanzar en la agenda legislativa.

Sería injusto ignorar algunas experiencias icónicas e incluso al menos parcialmente exitosas. Cómo el renovado vínculo entre Juan Perón y Ricardo Balbín para ordenar el proceso político que derivó en las elecciones de 1973. De hecho, es aún recordado el sentido discurso del líder radical en ocasión de los funerales del líder Justicialista un año más tarde (habían sido acérrimos enemigos durante décadas). Algo parecido ocurrió en la asonada militar de Semana Santa, cuando apareció ante una impresionante multitud Raúl Alfonsín rodeado de connotados políticos peronistas en el balcón de la Casa Rosada.

 

Raúl Alfonsín rodeado de políticos peronistas en el balcón de la Casa Rosada. durante el alzamiento de Semana Santa (Foto Télam: Archivo).

De todas formas, la experiencia más importante y mejor organizada fue el denominado Diálogo Argentino hacia finales del 2001 y sobre todo comienzos del 2002. Impulsado por la Iglesia y con la colaboración técnica de Naciones Unidas, se buscó acotar el impacto económico y social de la crisis de la Convertibilidad e impulsar políticas consensuadas entre múltiples actores políticos y sociales para encauzar una situación objetivamente muy compleja y sobre todo evitar hechos de violencia. Así, puede afirmarse que el denominado Plan Jefas y Jefes de Hogar, que dispuso un ingreso mínimo de subsistencia y alcanzó millones de beneficiarios, amortiguó una dinámica de conflicto en un contexto de enorme debilidad política.

Diálogos en ámbitos informales

Es justo también reconocer que en la práctica hay permanentes diálogos entre líderes de diferentes partidos. La mayoría de ellos se dan en ámbitos informales o privados. En algunos casos, se trata de afinidades personales o amistades forjadas con los años. Quienes tenemos la oportunidad de circular por los pasillos de televisión, a menudo somos testigos involuntarios de encuentros entre dirigentes de diferentes extracciones políticas que interactúan con una normalidad y afabilidad que lamentablemente están ausentes luego en sus debates. A veces incluso hay gestos públicos de reconocimiento ante discursos parlamentarios o actitudes determinadas. Por ejemplo, la semana pasada el titular de la banca de diputados del PRO, Cristian Ritondo, felicitó a Juan Manzur, Jefe de Gabinete de Ministros, luego de su larga presentación ante la Cámara. Lo mismo ocurrió con otros miembros del cuerpo, incluyendo del FDT y partidos provinciales. A veces la clase política funciona como tal y deja de lado sus típicos comportamientos divisivos.

En el actual contexto, la iniciativa al diálogo surge del entorno de Cristina Kirchner y apunta a convocar al expresidente Mauricio Macri. Naturalmente, esto se relaciona con el particular escenario que generó el frustrado atentado de la vicepresidenta, cuyas derivaciones siguen siendo desconocidas. Es decir, de esta eventual convocatoria está ausente Alberto Fernández y fueron al menos hasta ahora ignorados otros dirigentes con responsabilidades en la conducción de los partidos políticos, como Patricia Bullrich o Gerardo Morales (titulares del PRO y la UCR, respectivamente). Nadie duda del liderazgo e influencia de dos expresidentes y potenciales candidatos como CFK y Macri, pero esto pone de manifiesto la importancia de un cuestión elemental: los criterios de selección de los participantes de un diálogo.

 

Alberto Fernández junto al entonces presidente saliente, Mauricio Macri y su vicepresidenta, Cristina Kirchner antes de realizar el traspaso de mando. (Foto: EFE)

Otros dos interrogantes centrales, además de los “quiénes” son los temas de agenda (los “qué”) y la lógica o práctica del diálogo (los “cómo”). La experiencia indica que una agenda demasiado amplia o difusa complica el ejercicio del diálogo y desalienta el logro de compromisos efectivos y comprobables. Finalmente, el método que se defina no es en absoluto menor: habitualmente los actores tratan de maximizar sus intereses con pedidos egoístas, ignorando las necesidades de los otros o las limitaciones existentes, sobre todo en montería de recursos materiales. Además, muchos están acostumbrados a hablar mucho, largo y con adjetivaciones innecesarias, que lejos de propiciar el consenso activan viejas controversias. Definir entonces los qué, cómo y quiénes constituye un desafío tan o más importante que la convocatoria al diálogo en sí.

Fuente: https://tn.com.ar/opinion/2022/09/19/quienes-que-y-como-la-cultura-del-dialogo-ausente-con-aviso-en-la-politica-argentina/

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