Una nueva era para el proceso de globalización

10 de junio de 2019

Formas alternativas y beneficiosas de cooperación colectiva surgen a medida que crecen las crisis asociadas al espíritu de fragmentación de la época.

Cada día aparecen nuevas evidencias de que el proceso de globalización, al menos como lo conocimos desde el último cuarto del siglo pasado, está en crisis. Guerras comerciales, resurgimiento de liderazgos y sentimientos nacionalistas, agravamiento de situaciones humanitarias desesperantes que nos hubieran parecido intolerables hasta hace poco, como el drama de los refugiados… Los ideales y valores de la globalización y de la cooperación internacional parecerían estar a punto de quedar sepultados. Pero una mirada más desapasionada arroja conclusiones menos pesimistas y permite una visión más constructiva, aunque alejada del idealismo hasta hace poco preponderante: la de la “globalización posible” o, al menos, la “globalización necesaria”.

El multilateralismo del siglo XXI sobrevive en modo minimalista en torno a formas alternativas de acción colectiva, como complemento de (y, en ocasiones, como sustituto de) los mega y macroacuerdos de cooperación intergubernamental del pasado reciente. Muchos añoran aquellos grandes eventos, a menudo rodeados de una retórica tan ampulosa como poco efectiva, históricamente basados en consensos alcanzados en cumbres de muy alto nivel entre gobiernos y, sobre todo, dentro del marco de organizaciones como las Naciones Unidas, incluyendo las instituciones de Bretton Woods (el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio). Nadie puede dudar que jugaron y en cierto sentido juegan aún un papel importante en el escenario internacional (la Argentina fue beneficiada por un salvataje récord por parte del FMI). Tampoco puede desconocerse que su influencia y eficacia se redujeron en las últimas décadas, en particular desde el ataque a las Torres Gemelas, en septiembre de 2001.

El escenario actual presenta cambios muy significativos. Los Estados nacionales tienden a preservar y recuperar espacios de autonomía y de discrecionalidad y, en paralelo, se incorporan en un creciente número de acuerdos flexibles cuya composición y características varían según los temas a tratarse y los intereses coyunturales, los valores compartidos o las capacidades relevantes. Estos nuevos regímenes suelen ser “minilaterales” en lugar de globales, voluntarios en lugar de vinculantes, desagregados en lugar de exhaustivos, transgubernamentales en lugar de intergubernamentales, multinivel (involucran actores del sector privado y de la sociedad civil) en lugar de solo estatales y “de abajo hacia arriba” en reemplazo del tradicional “de arriba hacia abajo”. Estos atributos se verifican en ámbitos que van del Grupo de los Siete (G-7) o el Grupo de los Veinte (G-20), en términos de cooperación económica, a la creciente importancia de organizaciones regionales como la Unión Africana y la Asean (Asociación de Naciones del Sudeste Asiático), pasando por el surgimiento y la consolidación de nuevas instituciones financieras internacionales, como el Banco Asiático de Infraestructura y Desarrollo (AIIB), el Banco Brics y, en nuestra región, la CAF (Corporación Andina de Fomento), que financió el Paseo del Bajo.

En algunos casos se trata de organizaciones o acuerdos heredados de la última ola de globalización, que se adaptaron a las demandas y dilemas que su éxito ha venido generando, en especial a partir de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones. Esto se comprueba cuando se analiza el espantoso episodio de la red de pedofilia descubierto hace días en nuestro país, del que participaba Ricardo Alberto Russo, pediatra del muy prestigioso Hospital Garrahan. Se trata de un caso testigo de estas transformaciones en la morfología y la dinámica reciente de la globalización. A nivel nacional, se involucró la División de Delitos Cibernéticos contra la Niñez y Adolescencia de la Policía Federal Argentina, cuya capacidad efectiva hubiera estado limitada por la naturaleza global del contenido digital. Pero Interpol localizó en su base de datos videos e imágenes con contenido pornográfico infantil, verificó que se ubicaba en nuestro país y dio la alerta que originó la investigación. Luego proveyó a la policía local acceso a ICSE, base de datos internacional sobre explotación sexual de menores, en la que se almacenan videos e imágenes investigados por las sedes de Interpol en todo el mundo. Los contenidos de pornografía infantil constituyen uno de los tantos delitos que circulan por la dark web y la deep web, la cara oculta de internet, la red profunda y secreta, en la que casi no existen controles, gobernanza ni legalidad. Un submundo virtual en el que se consiguen desde estupefacientes hasta armas o servicios de sicarios, además, claro, de pornografía. No se accede con los motores de búsqueda tradicionales, sino con aplicaciones que ocultan la IP (dirección única que identifica a cada dispositivo electrónico que accede a la red), de forma que los usuarios no sean fácilmente rastreados.

El siguiente paso es la intervención de las fiscalías especializadas en ciberdelincuencia. En este caso, la de Delitos Informáticos de la Ciudad de Buenos Aires envió, a través de la policía, notas a las empresas que debían proveer datos sobre esa conexión, incluyendo números de teléfono y direcciones físicas para investigar y verificar la existencia de personas reales. El allanamiento que culmina con la captura de Russo, acusado de distribución y producción de pornografía infantil, fue resultado de un proceso globalizado público y privado que derivó en la detención de otros 100 implicados en esta red de pedofilia internacional.

Estos enfoques de la “globalización posible”, diseñados para un fin determinado y desvinculados entre sí, son cuestionados por muchos analistas y observadores que aún lamentan el fracaso del viejo anhelo: les asignan un menor grado de efectividad y afirman que no logran evitar los riesgos de los grandes conflictos, que parecían superados para siempre. Es cierto que en estos tiempos de grandes desilusiones por el fracaso en la construcción de un orden internacional liberal, el minilateralismo aparece como un sucedáneo pobre y fragmentario. Pero es erróneo desestimar su importancia específica y su potencial como espacio de interacción cooperativa donde anidan y se reproducen las prácticas concretas de intercambio estratégico entres actores globales, incluyendo los Estados nacionales.

Dados el clima, los conflictos y las preferencias en la selección de liderazgos, aun en países democráticos, insistir en esas aspiraciones de máxima (un orden totalizador de alcance global) resulta inadecuado y contraproducente. Hoy prevalecen los escenarios de competencia, volatilidad, incertidumbre y unilateralismo. Los regímenes internacionales como el descripto son en este contexto herramientas muy útiles, que permiten mantener la cooperación en estado latente y perfeccionarla en áreas puntuales desvinculadas de los conflictos macro, de forma que no actúen como barrera para la colaboración en otros planos de clara relevancia. Además, los alineamientos no son automáticos: la red de alianzas se vuelve más extensa, dinámica y flexible. Y, al no ser vinculante con otros temas, la cooperación no se torna excluyente ni queda condicionada por coaliciones rivales.

Ventajas como la velocidad, la flexibilidad, la modularidad y la heterodoxia o las posibilidades de experimentación permiten, en épocas en que los riesgos digitales van en aumento, resolver dilemas globales acuciantes sin esperar que coincidan voluntades, que en muchos casos requieren movimientos elefantiásicos para activarse.

 

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/la-nueva-era-de-la-globalizacionuna-nueva-era-para-el-proceso-de-globalizacion-nid2256305

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