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Rompecabezas global. Por Sergio Berensztein

15 enero, 2017
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15 de enero de 2017. Por Sergio Berensztein para Perfil. No sólo asume Trump: hay un nuevo escenario de interacción mundial. Qué debe hacer nuestro país.

La globalización no va a revertirse, pero ingresó en una nueva fase plagada de dudas y desafíos. El año pasado atravesamos una serie de coyunturas críticas que determinaron un nuevo rumbo para los asuntos internacionales: el Brexit, los atentados terroristas y la crisis de los refugiados conmocionaron a Europa y la propia UE podría sucumbir si la ultraderecha se impone en las próximas elecciones en Francia. La victoria de Trump en los Estados Unidos impactó en todo el planeta y presenta escenarios inéditos tanto para la seguridad como para el comercio internacional. En nuestro continente, se desvanece el populismo radicalizado y surgen vientos de cambio con el proceso de paz en Colombia y, muerto Fidel, con una potencial transición en Cuba (en duda ahora que los norteamericanos parecen retomar las prácticas fracasadas y anacrónicas de la Guerra Fría). En Asia se consolida del poder de Xi Jinping y el consecuente nerviosismo japonés ante el malogrado Acuerdo Transpacífico (TPP), la inestabilidad en Corea del Sur y la amenaza nuclear de Kim Jong-un, mientras que la Filipinas de Duterte se realinea detrás de China. En este contexto de creciente apolaridad  (ausencia de actores hegemónicos que brinden algún tipo de orden al escenario global), resurge Rusia con su renovada vocación imperial, insinuada en la invasión a Crimea, ratificada con su presencia en Siria y profundizada con su amenaza convencional (lo cual explica el despliegue de tropas de la OTAN en Polonia y los Países Bálticos) y no convencional (hackers entremetiéndose en las elecciones en EEUU). ¿Cómo pensar este nuevo mundo tan turbulento, casi “argentinizado”? Más importante aún: ¿Qué le conviene hacer a nuestro país?

Dani Rodrik sostiene que la globalización implica un teorema de imposibilidad compuesto por un “trilema”: la soberanía del Estado-Nación, una integración económica efectiva y la gobernabilidad democrática. Se puede optar por uno o dos de ellos, pero resulta imposible contar con los tres. Este enunciado, que se cumple en los países desarrollados, es mucho más visible aún en las naciones más pobres.

Con el colapso de la Unión Soviética, muchos países, entre ellos la Argentina, trataron de priorizar la integración a la nueva etapa de la globalización, readaptando su modelo de Estado-Nación y forzando cambios internos que tuvieron altísimos costos políticos y sociales. Se relegaron decisiones soberanas a los organismos financieros internacionales,  aumentando sus niveles de endeudamiento y profundizando su dependencia de los flujos de inversión extranjera directa. Por lo general, las reformas estructurales fueron implementadas sin el consenso con los principales actores políticos y sociales domésticos, sino por iniciativa de los respectivos poderes ejecutivos. Tampoco se garantizaron umbrales mínimos de transparencia ni una buena regulación de los sectores privatizados. Al margen de algunos logros puntuales en materia de estabilización económica y modernización de la infraestructura, surgieron fuertes críticas y resistencias de segmentos afectados negativamente por esas políticas, que terminaron ganando influencia con el paso del tiempo. En la Argentina, eso de precipitó con la crisis de 2001.

El nuevo milenio comenzó con una apuesta a lo que Rodrik llama “federalismo global”: se privilegian la integración económica y la gobernabilidad democrática, profundizándose la debilidad relativa del Estado-Nación como factor determinante. Forman parte de este proceso la ampliación de la UE, los avances de los países integrantes del ASEAN y, naturalmente, también los del NAFTA. América Latina avanzó en dos ritmos: los países del Pacífico se acoplaron a esta tendencia, mientras que los gobernados por gobiernos populistas tendieron a disociarse, profundizando su dependencia en los bienes primarios. Pero el ciclo de buenos precios se agotó sin que lograran mejoras significativas en infraestructura física, construcción de capacidades estatales (a pesar de la retórica estatista) ni capital humano. Y se profundizaron los problemas de corrupción y calidad regulatoria.

Todo parece indicar que entramos en un ciclo de fortalecimiento de las soberanías nacionales en detrimento de los mecanismos de coordinación supranacional y de calidad democrática. Los líderes no quieren resignar los grados de autonomía que supieron recuperar. Por el contrario, debilitando la integración económica efectiva, surge la amenaza del proteccionismo, la guerra de monedas, la interrupción de los flujos de migrantes y hasta un riesgo de conflictos militares como hace tiempo no existía. A la vez, valores democráticos fundamentales parecen resquebrajarse. Los recientes excesos del multiculturalismo quedan desplazados por discursos chauvinistas, racistas y xenófobos que amenazan las bases mismas de la civilización occidental, incluyendo la tolerancia a la diversidad religiosa (islamofobia). Un signo de los tiempos: que los futuros responsables de defensa e inteligencia de la administración Trump descartasen el uso de la tortura durante las audiencias de confirmación que esta semana tuvieron en el Senado no sirven para despejar el escozor generado por su jefe durante la campaña, cuando las justificó como instrumento para mejorar la seguridad nacional y “make America great again”.  Los ataques a la prensa se inscriben dentro de este escalofriante debilitamiento de los principios elementales de la democracia liberal.

El contexto internacional es sumamente inquietante y la Argentina debe apostar a hacer lo que no hizo nunca: debatir qué democracia, qué capitalismo y qué Estado necesita construir para transitar esta peculiar e incierta etapa que nos toca enfrentar, desplegando capacidades y mecanismos que nos permitan, por fin, avanzar en el camino del desarrollo equitativo y sustentable, fortaleciendo las instituciones y el imperio de la ley. Hacer de la necesidad una virtud: una planificación estratégica flexible y dinámica que habilite la coordinación de los esfuerzos consensuados de los actores económicos, políticos y sociales con el objetivo de superar los problemas estructurales (pobreza, desigualdad, inseguridad, inflación, infraestructura) y de dar cuenta también de las nuevas amenazas (cambio climático, seguridad informática, terrorismo, narcotráfico). Luego de una década de aislamiento sin precedentes, intentamos integrarnos a un mundo que ya no existe más. La nueva política exterior no puede limitarse a la cuestión económica. En particular, no podemos seguir ignorando la nueva agenda de seguridad: es hora de superar las dolorosas heridas del pasado para definir, de manera madura, un piso mínimo de recursos destinados a garantizar una defensa apropiada del territorio y de la soberanía nacional.

Fuente: http://www.perfil.com/columnistas/rompecabezas-global.phtml
Imagen: Perfil

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