Repartidos triunfaremos

28 de julio de 2019

Megaoferta de peronismo para las elecciones.

A esta altura del desarrollo político argentino, las grandes coaliciones plurales que se fueron conformando y que hoy compiten –por lo menos, en los primeros tres lugares– para llegar a la presidencia de la Nación tienen algún tipo de componente del peronismo. Estas alianzas también contienen elementos del pensamiento socialdemócrata y del liberalismo, de manera cruzada, y con comunes denominadores. Tales componentes le dan a este proceso electoral argentino características muy singulares. Si bien es cierto que en un segmento de la opinión pública argentina predomina el convencimiento de que “la grieta” está más fuerte que nunca, que hay riesgo de una vuelta al populismo autoritario y que las posturas moderadas del kirchnerismo son simplemente propaganda electoral, lo cierto es que cuando se analizan las dinámicas de esas construcciones políticas y los cambios en el entorno doméstico e internacional, los denominadores comunes son más importantes que las diferencias. Por supuesto que hay diferencias; son necesarias y le dan diversidad y atractivo al proceso electoral. Al observar las nomenclaturas elegidas –Frente de Todos, Juntos por el Cambio, Consenso Federal, Unite– notamos que todas hacen referencia directa o indirecta a la idea de consenso, a un destino común. En su discurso, todos reconocen, por ejemplo, la importancia de tener equilibrio fiscal, de generar empleo, de defender los derechos humanos. Incluso el Mercosur es considerado una política de Estado, más allá del debate generado en torno al Acuerdo de Asociación Estratégica Mercosur-Unión Europea; hay un proceso de modernización a mediano y largo plazo que la Argentina no puede desconocer y que genera una enorme oportunidad y desafío.

El porqué del título

¿Somos todos peronistas? No. Pero hay líderes con pasado en el peronismo, o que se reconocen como peronistas, en casi toda la oferta electoral. Pero muchos de los problemas políticos principales e institucionales de la Argentina son anteriores al peronismo, e incluso al radicalismo y al socialismo. Uno de ellos, el principal default que tuvo el país, en 1890, previo a la aparición de esas tres grandes expresiones políticas nacionales. La Argentina tuvo golpes de Estado mucho antes de 1930; hubo dificultades políticas e institucionales –y enormes grietas– antes de la aparición del peronismo en la escena nacional, y mucho antes de que surgiera el kirchnerismo. Por eso, estas interpretaciones ahistóricas del presente de algún modo inhiben un análisis más objetivo y desapasionado e impiden ponderar en su real magnitud problemas estructurales que constituyen los verdaderos desafíos estratégicos que tenemos como sociedad, como el estancamiento secular que nos afecta y el flagelo de la inflación. Curiosamente, alimentamos la dinámica de la pelea: nos sentimos más cómodos en la diferencia que en el consenso. Y este es un dato muy importante de la realidad política argentina. En el actual proceso electoral, parecen surgir dos coaliciones bastante parejas en términos electorales, que pueden llegar a alternarse una con otra, y que deberían acordar políticas de Estado. Las diferencias políticas entre ambas deben existir para alimentar el debate, no para anularlo. Ese es el gran desafío. Y el hecho de que detrás del actual proceso haya figuras como Alberto Fernández, Roberto Lavagna, Juan Manuel Urtubey, Miguel Angel Pichetto, entre otras, podría contribuir a generar un entorno de diálogo, cooperación y acuerdos fundamentales. El hecho de poseer una identidad política común, que impregnó la cultura política argentina en su conjunto, facilita el uso de un lenguaje común: el debate debe ser sobre todo sobre políticas de Estado y objetivos estratégicos, aunque siempre son inevitables y hasta necesarios las intercambios en términos de ideas, valores e identidades.

El porqué de este libro

¿Por qué este libro? La hipótesis principal es que la Argentina está atravesando una coyuntura crítica, y que de estas elecciones puede surgir una nueva matriz política. El país viene de un atraso muy grande en materia de crecimiento, de una década de estancamiento y de setenta años –o más– de decadencia. A eso se le suma una sociedad que se percibe dividida, una clase política que tiene una marcada incapacidad para resolver problemas sustanciales, y así fracasan todos  los gobiernos. Entonces, en este nuevo proceso electoral, ¿seguiremos repitiendo los errores del pasado o generaremos una manera diferente de encarar los viejos y nuevos problemas de esta frustrada nación? Este libro pretende identificar los rastros iniciales de este potencial cambio que efectivamente se estaría gestando en el seno del sistema político y que puede mejorar la calidad de nuestra alicaída democracia gracias a la relativa paridad entre las principales fuerzas políticas y los consecuentes incentivos para establecer acuerdos perdurables. Es decir, se estaría empezando a articular un sistema con dos fuerzas preponderantes, amplias y diversas, que permitiría encarar mejor las reformas necesarias para desarrollarnos de manera equitativa y sustentable.

De partidos a coaliciones

En el comienzo de este ciclo democrático, el sistema político contaba con dos partidos que tenían un fuerte despliegue territorial: la Unión Cívica Radical (UCR) y el Partido Justicialista (PJ). Ambos alternaron el manejo del poder durante dos décadas. En ese contexto, otras fuerzas mediaron sin éxito, aunque participaron de manera decisiva en las coaliciones de gobierno, como fue la UCeDé aliada a Carlos Menem en la gestión de su gobierno, en los 90, y más tarde Domingo Cavallo en la administración de la Alianza que lideró Fernando de la Rúa, conformada por la UCR y el Frente País Solidario (Frepaso). El fin de la convertibilidad y la crisis de 2001 dieron por terminado ese bipartidismo imperfecto. De 2003 a 2015, el kirchnerismo capitalizó ese vacío, aunque no logró consolidar un sistema hegemónico por los límites que le impusieron parte de la sociedad y algunos sectores del viejo orden partidario residual. Finalmente, en 2015, Cambiemos (ahora, Juntos por el Cambio) fue una coalición que llegó al poder con un acuerdo entre “lo viejo” del sistema político –la UCR–, más la Coalición Cívica (CC) de Elisa Carrió, y “lo nuevo”, el PRO, que había adquirido experiencia de gestión en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, como veremos en este libro, Cambiemos nunca se conformó como una coalición de gobierno, a pesar de los éxitos electorales obtenidos. En este contexto, el escenario actual se caracteriza por estar dominado no por partidos, sino por coaliciones amplias y diversas. La referencia que tenemos al respecto es Chile, en los últimos treinta años. Esto es, dos grandes coaliciones, una de centroderecha y otra de centroizquierda, que dominan la competencia por el poder. Así, las viejas identidades partidarias –peronismo y radicalismo– se unen a otras fuerzas políticas para lograr las mayorías necesarias. Otro ejemplo de esta dinámica es España, donde el PSOE y el PP conforman gobiernos construyendo poder con otras fuerzas, porque ya no se valen por sí solos para hacerlo. Precisamente, acuerdo y consenso fueron dos términos que surgieron en el inicio del actual proceso electoral y que se fueron diluyendo en la misma dinámica de la política local. El Gobierno había lanzado un decálogo de puntos básicos para llegar a un consenso con la oposición. Fue a comienzos de abril de 2019, cuando muchos en el mercado financiero suponían que era inevitable otra severa crisis financiera y estaba muy volátil el mercado cambiario. A su vez, parte de la oposición –Sergio Massa y Roberto Lavagna– presentaron sus propios puntos de acuerdo con un sesgo más “productivista” y menos “fiscalista”. Todos querían tener las tablas de los diez mandamientos para salir de la crisis en la que se había sumergido el país, y que todavía persiste. Como era de esperar, la dinámica electoral se impuso y terminó desplazando la idea del diálogo y los consensos: se trataba de la mejor iniciativa, pero el peor timing. El escenario se polarizó aún más con el lanzamiento de la fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández –con la novedad del segundo lugar que se reservó Cristina para sí–, y más tarde con Mauricio Macri-Miguel Angel Pichetto (senador del PJ), una jugada pragmática, que implicó un intento de ampliación de la coalición oficialista. Pichetto, además, es un candidato que conforma el denominado “círculo rojo”. La candidatura presidencial de Alberto Fernández también implica un giro pragmático por parte del peronismo, en acuerdo con el kirchnerismo. En este sentido, están dadas las condiciones para que se logren luego de las elecciones acuerdos relevantes. Como suele ocurrir, la democracia y la competencia política impulsan en la sociedad nuevas esperanzas, generan un aire fresco más allá de que los candidatos sean nombres que no se renovaron. Pero, detrás de las luchas por el poder, los egoísmos y las vanidades de la política, existe la posibilidad de que surja algo distinto. La posibilidad está. Una vez más. Este libro busca indagar en esa nueva posibilidad. Por eso, está lleno de matices, con idas y vueltas, con más preguntas que respuestas, y más hipótesis que definiciones concluyentes. Pero lo importante es que el sistema democrático, a pesar de todas sus falencias, permite alentar nuevos horizontes. Tiene y puede mejorar significativamente, pero su contribución a renovar la legitimidad de origen de nuestros gobernantes es sin duda crucial. De hecho, Macri es el primer presidente no peronista que terminará su mandato (aunque varios presidentes peronistas también tuvieron problemas de gobernabilidad, como Isabel Perón, Adolfo Rodríguez Saá y el propio Eduardo Duhalde) (…).

Salir de la grieta

Lo relevante de un proceso electoral, y de este en particular, no es (tanto) quién gane las elecciones, sino cómo funcionará el sistema político, particularmente cómo gobernará el presidente electo. ¿Seguirá manteniendo el statu quo para que nada cambie profundamente? ¿O quien lidere el próximo gobierno finalmente hará los acuerdos necesarios para que haya políticas de Estado a largo plazo? La Argentina necesita un plan de estabilización para salir de la actual crisis económica –que es muy profunda–: debemos controlar la inflación y, paralelamente, lanzar un programa ambicioso y bien calibrado de reformas estructurales. Quien asuma el 10 de diciembre la próxima presidencia se va a encontrar con un contexto complejísimo en el plano económico y financiero. Al mismo tiempo, deberá lidiar con una deuda interna enorme en materia de pobreza y marginalidad. Para esto, será imprescindible que los principales líderes convoquen a un diálogo entre las distintas fuerzas políticas con el fin no solo de salir de la grieta que divide a la sociedad –y que no contribuye en nada a que podamos salir de la decadencia y de la desintegración del entramado social–, sino para que, de una vez por todas, haya políticas de Estado. Los deseos de consenso y diálogo son bienvenidos, pero deben dejar de ser palabras para convertirse en hechos reales. Es imprescindible fijar objetivos de mediano y largo plazo con instrumentos adecuados para que mejore el funcionamiento del sistema democrático argentino. De esto dependerá, entre otras cosas, que en lo que queda de este siglo el país no siga hundido en la decadencia que arrastra desde hace mucho tiempo. Debemos aprovechar esta coyuntura histórica para consensuar una nueva matriz de funcionamiento de la política que nos permita aprovechar el enorme potencial de desarrollo que sin duda tiene el país (…).

¿Puede la Argentina revertir su decadencia?

Al comienzo del libro, la pregunta que se planteaba era si esta será una elección más, o si a partir de ahora la Argentina va a poder empezar a corregir la decadencia política que viene arrastrando desde hace décadas. Puntualmente, el interrogante tiene que ver con la posibilidad de que esta elección motorice el surgimiento de ideas, políticas, soluciones, claves, para revertir los problemas estructurales y funcionales del sistema político, que son los que explican la larga decadencia y frustrante actual situación del país. Con un patrimonio institucional frágil y líderes proclives a privilegiar sus proyectos personales de poder (y sus caprichos) por sobre el funcionamiento y la calidad del sistema, la democracia argentina atraviesa un momento preocupante: mantiene insatisfecho al 63% de la ciudadanía, de acuerdo con un informe reciente de Pew Research Center. Hay motivos para el disgusto: en las últimas décadas, la democracia estuvo en manos de gobiernos cuya mejor descripción es la de “ineptocracias”. Las consecuencias de esto no son menores en el desgaste experimentado por el sistema de partidos. La ciudadanía es por lo menos escéptica respecto de su validez e importancia en la política actual. Según un estudio del Proyecto de Opinión Pública de América Latina, solo el 20% de la población se identifica con un partido. La democracia es un sistema político repleto de defectos. Es cara, difícil, lenta, inestable, contradictoria y frustrante. El desarrollo de una nación y hasta su seguridad pueden quedar seriamente comprometidos por las trabas y los sinsabores que trae siempre su ejercicio. Algunos grupos, culturas y formas de vida tienen dificultades para sobrevivir o al menos mantener su identidad, pues la democracia favorece la regla de las mayorías. Sin embargo, muchos se quejan de que pequeños grupos bien organizados tienen casi siempre capacidad para lograr sus objetivos a expensas de las mayorías que pagan esos costos, sea en términos materiales y/o simbólicos. Lamentablemente es así: la democracia funciona bastante mal, y a veces (en algunos países, en determinadas circunstancias), aun mucho peor que en el promedio de los casos conocidos. Es un sistema relativamente nuevo en su variante actual, la denominada democracia de masas. Un siglo o casi siete décadas si consideramos los países con sistemas más maduros; apenas poco más de tres décadas en aquellos que, como la Argentina, protagonizaron la denominada tercera ola. Sin embargo, a pesar de todos sus defectos, lejos de avalar el surgimiento de liderazgos que cuestionan la lógica democrática, los argentinos seguimos apostando a las urnas y aún continuamos optando por líderes moderados. Rechazamos a los Bolsonaro, los AMLO (Andrés Manuel López Obrador) y los Orbán: acumulamos suficiente experiencia para saber que el personalismo, el caudillismo y el hiperpresidencialismo intensifican los problemas. Entonces, ¿puede revertirse este proceso de degradación político-institucional? Sí, pero el camino es lento y requiere sacrificios por parte de todos los actores.

Los problemas de la democracia se resuelven con más y mejor democracia.

En países como la Argentina (pero no solamente, pues lo mismo ocurrió tanto en América Latina como en Africa e incluso en Europa Central y del Este), los procesos de democratización de las últimas décadas estuvieron caracterizados por avances importantes en materia de estabilidad política, que convivieron con un conjunto de situaciones conflictivas que limitaron la consolidación de los nuevos sistemas y propiciaron un debilitamiento de algunos de sus componentes esenciales, como los partidos políticos y la independencia del Poder Judicial. La acumulación de frustraciones, experiencias traumáticas y conflictos conspiró no solo contra la consolidación de esas democracias emergentes en términos sistémicos, sino fundamentalmente contra el fortalecimiento de una cultura de diálogo, consenso y solución temprana de cuestiones de interés público. Peleas dentro y entre los partidos políticos y, como resultado de su crisis, cada vez más entre líderes políticos y sociales, que conspiraron con la posibilidad de coordinar acciones para solucionar cuestiones de fondo. Por eso, lo primero que hay que abordar es la cuestión doctrinaria: los problemas de la democracia se resuelven con más y mejor democracia. No se solucionan con atajos, ni con medidas apresuradas, ni con esfuerzos unilaterales de un gobierno, del Poder Ejecutivo, ni nada por el estilo. Para que la Argentina entre en un sendero de fortalecimiento institucional tiene que haber un contexto de diálogo, de vocación de consenso y de prioridad en lo sistémico por sobre lo individual. La idea que debería imperar es la siguiente: no importa quién gane estas elecciones, lo verdaderamente relevante es cómo gobierne. En la medida en que cada uno de los actores crea que es la solución y que el adversario es el problema, vamos a seguir condenados al fracaso. Lo que tenemos que comprender como sociedad es que nadie es dueño de toda la verdad, ni de todas las soluciones y que, efectivamente, el otro debería ser visto como parte de la solución. Esto requiere una visión distinta de la democracia y, sobre todo, necesita actores más estables. Cuando los participantes son volubles, cada elección es vista como única, se elimina la perspectiva a largo plazo, y el gran problema es que todos juegan a fondo, porque creen que no habrá integración en el futuro. En la teoría de los juegos está probado que cuando hay cooperación se alargan los horizontes temporales y eso lleva a los participantes a no considerar los resultados como absolutos. Esta situación genera que cuando un actor pierde, espera al próximo juego para intentar revertirlo. Esto puede extrapolarse al ámbito político. Quienes no sean elegidos en esta elección, podrán esperar a la siguiente; así como quienes no sean beneficiados en una negociación, podrán seguir negociando, y así continuará la estabilidad. En la medida en que la Argentina siga teniendo un alto nivel de incertidumbre política y económica, la tendencia de los actores será maximizarlo todo. Cuando eso sucede, no hay acuerdo posible. Por eso, no es solo más democracia, sino también una de mejor calidad, en la que las coaliciones y los partidos sean más fuertes y sólidos. Una pregunta clave es si estas elecciones van a terminar de ordenar la política en dos grandes espacios: uno de centroizquierda y otro de centroderecha. La Argentina podría estar encaminándose a rearticular un sistema imperfecto con dos fuerzas dominantes. Ya no partidos, sino coaliciones amplias y diversas que, como ha ocurrido en Chile en las últimas tres décadas, le pueden dar estabilidad, previsibilidad y relativa certidumbre a un sistema político que durante demasiado tiempo se reveló errático, disfuncional e incapaz de resolver las demandas más elementales de la ciudadanía. Esta potencial reconfiguración estaría en estado embrionario –y es probable que veamos cómo germina y, con suerte, se consolida durante y después del proceso electoral que se aproxima–, pero podría cristalizarse en un formato imaginado hace tiempo por Torcuato Di Tella: dos amplias coaliciones de centroderecha y de centroizquierda dominando la competencia por el poder. Las viejas identidades partidarias podrían sobrevivir entremezcladas (y alcanzando acuerdos) con otras fuerzas e identidades, sin las cuales se verían impedidas de lograr las mayorías necesarias. Como ocurre actualmente en España: solos ni el PSOE y ni el PP, erosionados por años de gestión y no pocos escándalos, pueden conformar las mayorías necesarias para formar gobierno. Pero, sin ellos, no hay construcción de poder posible. Esto efectivamente implica una visión distinta de la que hemos tenido hasta ahora de la democracia. El desafío es atenuar el presidencialismo e ir a una cultura de diálogo, con consenso, de compromiso democrático, con gobernadores, legisladores e, incluso, el Poder Judicial. Los tres poderes del Estado, los tres niveles de gobierno buscando un incremento paulatino, pero permanente, de la calidad institucional. (…)

Fuente: https://www.perfil.com/noticias/domingo/repartidos-triunfaremos.phtml?rd=1

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