El riesgo de confundir a las personas con los problemas

20 de noviembre de 2020

Hablamos de Cristina, Alberto, Sergio, Horacio, Patricia y Lilita. Seguimos mencionando a Néstor, pero gana terreno Máximo mientras se expone algo más Mauricio y María Eugenia (Mariu, para los amigos) se apresta a regresar. El punto de inflexión parece haberse dado luego de la gran crisis de comienzos de siglo. Antes, los nombres propios estaban reservados para Evita, el Diego y los papas. A nadie se le ocurriría hablar de juandominguismo, hipolitinismo o arturismo para sustituir a los indispensables peronismo, yrigoyenismo o frondizismo. Curiosamente, cuando la política más se alejó de la sociedad (en rigor, cuando se convirtió en su principal problema) comenzamos a llamar a nuestros líderes por su nombre. Una lástima que con los problemas más importantes del país no hagamos lo mismo.

¿Artilugio para mostrarlos más humanos o cercanos a nuestra degradada existencia? Proliferaron imágenes de candidatos y gobernantes tomando mate en livings reales (fotos de la prepandemia) como si fueran parte de nuestras familias. «Que vuelva Carlos», bramaba la propaganda de un Menem que hacia comienzos de 2003 era rechazado por una mayoría de los votantes: las estrategias comunicacionales no hacen milagros. Debería tomar nota Zulemita, que se prepara para competir el año próximo.

¿Será un fenómeno de lo que Manucho definió como Misteriosa Buenos Aires? El gobernador de la provincia es Axel y el jefe de gobierno de esta ciudad, Horacio. Perotti, Uñac, Schiaretti y Manzur pertenecen a otra liga (de gobernadores). Aunque el Gringo, como antes sus comprovincianos El Gallego de la Sota o Mingo Cavallo (para sobrenombres, nada mejor que los cordobeses), reconoce antecedentes notables como el Pocho (Perón), el Peludo (Yrigoyen), el Chino (Balbín) o el Bisonte (Alende). Un mensaje para las nuevas generaciones: el primer (y mejor) Grabois fue Pajarito. ¿Por qué algunos ministros logran penetrar en este círculo mientras otros deben resignarse a usar sus anacrónicos apellidos? Felipe, Ginés y Vilma se desacoplan de Cafiero, Guzmán y Losardo. «Hablen con Julio», podría indicar Alberto Fernández y no se estaría refiriendo a De Vido, sino a Vitobello, extitular de la Oficina Anticorrupción y actual secretario general de la Presidencia (el único albertista puro que sobrevivió, gracias a sus habilidades como volante derecho, a la limpieza étnica ordenada por los Kirchner luego del conflicto con el campo y la renuncia indeclinable del actual mandatario como jefe de Gabinete).

Ya sea por su nombre o por su apellido, tendemos a construir las narrativas sobre nuestra vida política tomando como base a determinados actores protagónicos, con sus obsesiones, dilemas, limitaciones y (a menudo exageradas) ambiciones. Como si no fuera posible comprender las dificultades que se presentan en la agenda económica y política olvidándonos de las personas y enfocándonos en esos problemas estructurales que definen los cauces del río por los que navega -siempre al borde del naufragio- el país. Algunos factores institucionales permiten entender la actual coyuntura sin caer en el antagonismo entre «macrismo» y «kirchnerismo», ni en las vicisitudes cotidianas del actual mandatario.

En efecto, existen tensiones inherentes al presidencialismo de coalición. La Argentina es por tradición un país hiperpresidencialista: la fuerza política del grupo gobernante suele alinearse detrás del representante de un Poder Ejecutivo unipersonal. Las coaliciones electorales exitosas tienden a descubrir que no resulta rápido ni sencillo transformarse en coaliciones de gobierno. A la Alianza que terminó en la gran crisis de 2001, la combinación entre kirchnerismo y radicales K que tuvo un broche no precisamente de oro con el «no positivo» de Cobos y las dificultades que exhibió Cambiemos, se suman ahora las serias divergencias dentro del FDT. Esto se potencia a partir de la compleja relación que tradicionalmente ha existido (y no solo en la Argentina) entre presidente y vice, que va desde que uno ignore al otro -basta recordar el papel que terminó cumpliendo Michetti- hasta los comportamientos casi extorsivos con los que el Instituto Patria desvela a Alberto Fernández.

Paralelamente a los problemas de administración del poder, está el hecho de que el aparato del Estado brilla por su ausencia a la hora de generar vivienda digna, brindar justicia y seguridad, proveer de agua potable o simplemente sostener una moneda que goce del respeto y la confianza de la ciudadanía. Sin embargo, exhibe un intervencionismo extremo para (intentar) regular mercados o pretende decidir por ley la propiedad de un campo que se incendia por causas naturales. La gestión de la pandemia es el ejemplo más escandaloso: los casinos abiertos y las escuelas cerradas representan, tal vez, el ejemplo más gráfico de la interminable decadencia argentina.

Un tercer factor lo constituye el enorme número de actores especializados en extraerle algún tipo de renta a este Estado elefantiásico e ineficiente, que cabalga sin rumbo a convertirse en un Estado fracasado. Muchos han surgido en su momento con reclamos legítimos: movimientos piqueteros u otras organizaciones que germinaron al calor del descalabro económico generado por el colapso de la convertibilidad. Pasadas dos décadas, no solo se han perpetuado, sino que además sus dirigentes son intermediarios entre el Estado y los beneficiarios de múltiples planes sociales. Consecuencias: fragmentan el gasto social generando desigualdad entre ciudadanos con los mismos derechos y los mismos problemas, y, más importante, si el país pudiera progresar rápida y eficazmente, quedarían marginados del juego político. Su supervivencia depende de que el problema original no se resuelva: vaya si han tenido éxito. En un sistema político clientelar y disfuncional, muchos de estos actores se convierten en pequeños señores feudales que controlan un territorio del que se consideran dueños y en el que es imposible penetrar sin antes transar con ellos (al menos «los barones del conurbano» son elegidos). Los grupos de presión que controlan ingentes recursos públicos abarcan a algunos empresarios que gozan de un proteccionismo exagerado que pagan muy caro los ciudadanos en su doble papel de consumidores y contribuyentes.

La sociedad civil, como consecuencia, tiende a estar disociada de la cosa pública. Nadie puede negar las fortalezas ni la riqueza que caracterizan a tantos argentinos, cuyo talento y creatividad son reconocidos mundialmente: desde la capacidad de emprendedurismo que nos llevó a ser el país latinoamericano con más unicornios (empresas con una valuación superior a los US$1000 millones) hasta el hecho de liderar la región en cantidad de premios Nobel. Son logros notables conseguidos en un entramado sociocultural diverso y plural, pero con enormes esfuerzos individuales o de grupos pequeños «tranqueras adentro». Con un Estado y una sociedad política que complican ad infinitum nuestra vida cotidiana con incertidumbre, arbitrariedades e irracionalidad, se fomentan reacciones egoístas que construyen frustraciones colectivas y generan incentivos perversos que conspiran contra la posibilidad de trabajar en conjunto para sacar el país adelante. La sociedad está hartándose de esta dinámica perversa, de las promesas incumplidas y de la demagogia, por eso sale a las calles a protestar. Pero más allá del efecto catártico y de la capacidad de hacer visibles los problemas, banderazos, marchas, actos y piquetes no propician ninguna solución. Para avanzar, es imprescindible involucrarse más, asumir compromisos más importantes, enterrar las manos en el barro y comenzar a participar de un juego político arduo y exigente: romper este enorme círculo vicioso que sigue complicando nuestros días.

Asignar los fracasos argentinos (o la épica salvación nacional) a un líder político es tan tentador como irrelevante. Nuestro desarrollo histórico demuestra taxativamente que los nombres han cambiado (ya no están ni Braden ni Perón; ni Frondizi ni Aramburu; ni Videla ni Alfonsín). Los problemas, sin embargo, siguen siendo prácticamente los mismos. El paso del tiempo los volvió peores.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/el-riesgo-confundir-personas-problemas-nid2514932

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