El mundo según Alberto

07 de junio de 2021

Los desatinos del presidente exponen una necesidad, por momentos desesperada, de legitimar internacionalmente las actitudes internas anti-mercado que despliega su gobierno.

El presidente Fernández participó el viernes de manera virtual del Foro Económico de San Petersburgo que encabeza su par ruso, Vladimir Putin. El mandatario argentino prácticamente centró su exposición en criticar al capitalismo, un discurso que viene desplegando desde el inicio de la pandemia. Quizás esta vez supuso que, como el Foro es organizado por Rusia, refiriéndose al capitalismo de forma peyorativa podría sumar algunos puntos extra. Se sorprenderá Alberto Fernández al descubrir que Rusia y China son países capitalistas. El muro cayó hace 30 años: hay hoy intereses geopolíticos distintos, pero en lo que refiere a sistemas económicos ya no hay dos modelos en pugna, hay uno solo.

Precisamente con el Foro Económico de San Petersburgo, apodado no casualmente el “Davos ruso”, el gobierno de Putin busca mostrar al mundo que Rusia sigue abierta a las inversiones pese a las tensiones geopolíticas. Participan del evento unas 1.200 empresas de todo el mundo que se han registrado para asistir a las conferencias. De hecho, Mercedes-Benz (la gigante automotriz alemana que también tiene intereses en la Argentina) es uno de los patrocinadores oficiales del evento. Es en este marco en el que Fernández elevo sus críticas al capitalismo.

¿El presidente pensó que se llevaría así un beneplácito mayor por parte de Putin?

Probablemente, esa haya sido la intención ya que, además de elevar críticas al capitalismo, se preocupó por manifestarle al mandatario ruso que “los amigos se conocen en los momentos difíciles”. Siguiendo su lógica, Joe Biden probablemente se convierta en su próximo “amigo” si, tal como se prevé, dona 6 millones de dosis para países de América Latina, entre ellos la Argentina.

¿Los británicos también son considerados amigos? La vacuna desarrollada por Oxford-AstraZeneca también llegó a nuestro país y se están produciendo en la Argentina desde antes que la Sputnik-V. Aunque en ese caso no se trata de negociaciones con un Estado como contraparte, sino de empresas privadas que, con ánimo de lucro, decidieron venderle a la Argentina. Curiosamente, el gobierno le paga a los “amigos” del Instituto Gamaleya US$ 9,95 por cada dosis, mientras que la de Oxford-AstraZeneca cuesta US$ 4,10. La de Sinopharm cuesta US$ 20. Maldito capitalismo.

¿Qué mundo está mirando Fernández?

Para el presidente argentino, “es hora de entender que el capitalismo no ha dado buenos resultados”. Precisamente si de resultados se trata, es donde más tiene para mostrar: el capitalismo tuvo un éxito extraordinario en los últimos dos siglos, mejorando la calidad de vida de los habitantes de todo el planeta, y particularmente en los últimos 50 años, sacando a miles de millones de personas de la pobreza, sobre todo en China, que decidió plegarse al mundo capitalista.

Está claro que el capitalismo no es un sistema perfecto, aunque es el mejor modelo que el mundo supo conocer. Lo que no se entiende muy bien es cuál es la alternativa que propone Fernández, ya que en sus argumentaciones navega a través de incertezas, con un uso recurrente del concepto ambiguo de “solidaridad”. En la Argentina, la solidaridad se ha transformado en impuestos: el Impuesto para una Argentina Inclusiva y Solidaria (PAIS), que se cobra sobre la compra de dólares, y el Aporte Solidario y Extraordinario de las Grandes Fortunas.

¿Solidaridad es entonces más impuestos? En algunos países, quizás ese debate sea válido (aunque nada tiene que ver esto con una transformación del mundo capitalista), sin embargo, aquí resulta suicida. Según el Banco Mundial, la Argentina lidera en la región el ranking de países con mayor carga impositiva: de cada US$ 100 que gana un empresario, debe pagarle US$ 106 al Estado. La carga es tan absurda que incentiva la evasión y espanta a las inversiones, impidiendo el desarrollo.

La validez del debate se pone de manifiesto con la reciente regulación que acaban de acordar los ministros de Finanzas del G7 para garantizar que las empresas multinacionales paguen un impuesto mínimo global de al menos el 15%. Se busca así reducir los incentivos que pueden tener compañías como Google, Facebook o Amazon de registrar sus ganancias en paraísos fiscales.

Aunque el debate le escapa bastante a la Argentina, el ministro Martín Guzmán se encargó de celebrar la medida, pero aclarando que el 15% resulta demasiado poco; a pesar de que, tal como se explicita en el acuerdo, se trata de un mínimo a partir del cual los países establecerán la cifra final. Sin explicar por qué, el ministro argentino infiere que el mínimo será también el techo. Lo que sucede es para la voracidad del Estado argentino, todo parece insuficiente.

Aunque hay muchas dudas respecto a la factibilidad de una medida como la que impulsa el G7, esta podría ser interpretada como un principio de solidaridad global que se da entre los principales países capitalistas y para beneficio de ellos mismos: para solidaridad del propio capitalismo, no del anticapitalismo.

Fernández aseguró también frente a Putin que es difícil desarrollarse con tasas de interés tan altas, cuando la realidad indica que la tasa internacional se encuentra en niveles mínimos en términos históricos. Los bonos a 10 años del Tesoro de los Estados Unidos, considerado el activo de menor riesgo, y por lo tanto referencia para el resto de los países del mundo, rinden 1,6% anual. El promedio para la década que va de 1980 a 1990 fue 10,6%, de 1990 a 2000 fue 6,66%, de 2000 a 2010 fue 4,46% y de 2010 a 2020 fue 2,41%. Lo cual pone de manifiesto el descenso sostenido y el entorno propicio para los países deudores. A su vez, la tasa objetivo de la política monetaria de la Reserva Federal (Tasa Fed Funds) es prácticamente cero. De hecho, en estos momentos las discusiones en Estados Unidos giran en torno al riesgo inflacionario que existe en aquel país por la negativa de la Fed a subir las tasas en un contexto de fuerte emisión monetaria.

El índice de Riego País elaborado por JP Morgan mide la sobretasa que un país debe pagar por su deuda, tomando como referencia los bonos del Tesoro de los Estados Unidos. En la Argentina, el Riesgo País es de 1.498 puntos básicos (es decir que nuestro país paga 15 puntos porcentuales más por su deuda). En la región, solo es superado por Venezuela, con más de 27.000 puntos básicos de Riesgo País. Un año atrás, Ecuador superaba los 4.000, pero mostró una caída precipitada a medida que se estabilizaba la situación interna, acentuada luego de la elección de Guillermo Lasso como presidente.

La mayor parte de los países de América Latina acceden a financiamiento internacional a tasas muy accesibles: incluso países con economías de escasa diversificación o mucho más pequeñas (como Uruguay, Panamá, Paraguay o Guatemala) o que están atravesando procesos de fuerte incertidumbre política (como Chile, Perú o Colombia). El problema no es de la región, y mucho menos del capitalismo, es de la Argentina, que no puede, no sabe o no quiere generar las condiciones necesarias para brindar confianza.

Al presidente Fernández quizás le resulte más fácil señalar como culpable de nuestra decadencia a las condiciones externas (al margen de que dichas condiciones no son tales), antes que encarar los desafíos particulares que conciernen a la Argentina y asumir las responsabilidades que le caben. Sus desatinos exponen una necesidad, por momentos desesperada, de legitimar internacionalmente las actitudes internas anti-mercado que despliega su gobierno. Esto lo lleva a sostener algunas posiciones pintorescas u ocurrentes (como la mención a “Juan Domingo Biden”) pero todas ellas absurdas. El mundo no es peronista, y mucho menos kirchnerista, es capitalista.

Fuente: https://tn.com.ar/opinion/2021/06/07/el-mundo-segun-alberto/

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