¿Cuál será el legado del coronavirus cuando ya no sea una amenaza?

20 de marzo de 2020

La pandemia llega en un momento en que liderazgos y democracias son fuertemente cuestionados, y suma el riesgo de producir una involución en el terreno de las libertades individuales.

Frente a las urgencias en materia de salud pública que experimentamos en este contexto crítico e inesperado, especular con sus consecuencias económicas, geopolíticas y aun ideológicas es prematuro y puede parecer fuera de lugar. Sin embargo, es probable que en el largo plazo, estas últimas generen legados significativos. Gracias a los impresionantes avances científicos y a los esfuerzos de (y la competencia entre) investigadores que con recursos públicos y privados alcanzarán más temprano que tarde una solución contundente al Covid-19, el impacto en términos de vidas humanas terminará siendo seguramente bastante acotado. Pero esta pandemia encontró al mundo en medio de una crisis que ya era muy grave. Bien, ahora estamos mucho peor. ¿Cuánto tiempo durará y cuán profunda será la recesión global? ¿Cómo afectará en la puja estratégica entre EE.UU. y China? ¿Qué consecuencias de mediano y largo plazo tendrán los estímulos fiscales y monetarios que en magnitudes notables implementan los principales gobiernos? ¿Cuánto quedarán limitadas las libertades individuales en este nuevo entorno en el que los Estados nacionales pretenden recuperar un protagonismo casi monopólico en múltiples dimensiones?

Trump y Macron hablan de guerra contra un enemigo invisible. Esa retórica, que puede sonar exagerada y hasta interpretarse como un intento de hacer que la ausencia de una reacción temprana por parte de esos líderes se olvide, produce un temor inevitable. En situaciones bélicas, los Estados suelen violar masivamente derechos fundamentales. ¿Será esta la excepción? La Unión Europea cierra sus fronteras a terceros países. Lo mismo ocurre entre EE.UU. y Canadá, dos naciones integradas incluso mucho antes del Nafta. Chile declaró una situación de catástrofe y los militares ocupan las calles. La globalización y la democracia estaban en peligro antes del inicio de esta pandemia. Es muy probable que en los últimos meses hayamos sido testigos y protagonistas del peor embate civilizatorio que haya experimentado Occidente en muchas décadas, tal vez desde la Segunda Guerra Mundial.

El ataque a las Torres Gemelas en 2001 dejó al descubierto que la utopía de la Pax Americana había sido una alucinación pasajera. Casi dos décadas más tarde el tablero geopolítico está lejos de haberse ordenado: la metáfora más contundente es el «acuerdo de paz» entre los talibanes y la administración Trump y el papel neoimperial ruso tanto en Ucrania como en Medio Oriente. La retracción del poder militar estadounidense no se disimula con el uso de drones ni con asesinatos ejemplificadores: aún antes del esfuerzo fiscal inédito que se comenzó a implementar en estos días, existían severos límites financieros, reputacionales y políticos para sostener su tradicional despliegue. La Gran Recesión de 2008 implicó un shock adicional del que todavía el sistema capitalista no se había recuperado por completo. Una inyección sin precedentes de liquidez por parte de los principales bancos centrales evitó un derrumbe terminal, pero dejó a la economía sin un instrumento fundamental: la tasa de interés, que bajó desde entonces a niveles irrisorios. En ese entorno comenzó una recuperación de los mercados bursátiles que volvió absurdo el concepto de «exuberancia irracional» acuñado por Alan Greenspan: los activos del mundo estaban totalmente sobrevaluados antes del coronavirus, el disparador ideal para la actual corrección.

Esta crisis financiera tiene un componente singular: la economía real está paralizada por las medidas preventivas que con lógica toman los gobiernos. Más dinero en manos de consumidores que temen salir de sus hogares difícilmente la reviertan. Muchos ya venían sintiendo los embates de la Cuarta Revolución Industrial, puesto que la revolución tecnológica, la digitalización y la inteligencia artificial modificaron para siempre los hábitos de trabajo, consumo, comunicación y sociabilidad en casi todo el planeta. Para peor, el cambio climático venía agregando una cuota adicional de incertidumbre y vulnerabilidad.

Frente a esta sobrecarga de demandas insatisfechas y fracasos indisimulables, las democracias experimentaron un profundo desgaste que explica (y a la vez fue acelerado por) el surgimiento de liderazgos de corte populista o autoritario. La disfuncionalidad de la política fue expuesta sin sordina frente al coronavirus: una mezcla de negacionismo, voluntarismo e irresponsabilidad profundizó un problema que de todas formas hubiera sido grave. Pasarán así a la historia de los grandes desatinos del liderazgo contemporáneo las primeras reacciones de Trump y las inconcebibles actitudes que todavía tienen Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador.

La Argentina, por su lado, vio salir del armario una pléyade de intervencionistas que encontraron el pretexto ideal para desplegar su viejo arsenal: subsidios, créditos blandos, precios máximos y otras formas más o menos sutiles de desplazar al sector privado. En un mundo en el que -con matices- casi todos los gobiernos hacen más o menos lo mismo, nadie puede criticar una medida de estas características. Pero es irrisorio pensar en instrumentos efectivos por parte del Estado en un país estancado hace una década, que entra en su tercer año de recesión y que se quedó hace tiempo sin crédito.

Los fervorosos creyentes en el intervencionismo extremo deberían disfrutar el momento: la experiencia histórica sugiere que, replicando el principio de acción y reacción, es esperable que una vez que la crisis pase el péndulo se mueva en sentido contrario. El New Deal implementado por Franklin Roosevelt sacó a Estados Unidos de la Gran Depresión, pero generó fuertes resistencias contra el presidencialismo y el peso exagerado de la burocracia centralista. El resultado fue una reacción federalista y un Congreso que busca limitar el poder del primer mandatario. Esto produce tensiones aún latentes que atraviesan temáticas muy variadas: desde el aborto hasta la educación y desde el medio ambiente hasta la inmigración. Desde ya, la regulación del sistema financiero cruza todo el arco ideológico.

En física se conoce como histéresis al fenómeno por el cual un material conserva sus propiedades aun en ausencia del estímulo que las generó. Es hora de pensar qué cambios perdurarán en el mundo cuando el coronavirus ya no sea una amenaza, en especial en términos de comercio, industria, trabajo a distancia, formas de vida y de consumo, el papel de la salud pública y, fundamentalmente, la desconfianza de la población respecto de las clases gobernantes. Mientras se suspenden las clases, los eventos deportivos y una multiplicidad de actividades programadas, el calendario electoral seguirá su curso y las preferencias de los votantes, influenciadas por la crisis actual, terminarán de moldear los contornos de un nuevo liderazgo que tendrá la responsabilidad de rescatar al sistema global de esta dinámica autodestructiva. O que lo empujará por este tobogán que se viene devorando los logros más meritorios que supimos conseguir.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/cual-sera-el-legado-del-coronavirus-cuando-ya-no-sea-una-amenaza-nid2345377

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