Cristina Kirchner, pragmática para construir poder, dogmática para ejercerlo

28 de agosto de 2020

La gran paradoja de la política argentina actual consiste en que la domina en gran medida una figura rechazada por más del 60% de la sociedad, que perdió cuatro de las últimas seis elecciones, que para evitar una nueva derrota –tal vez la definitiva– se vio obligada a declinar la candidatura presidencial y resignarse a ocupar la vicepresidencia, que tiene baja aceptación incluso dentro de su propio partido y que sigue siendo ignorada por los principales líderes del mundo civilizado. Para peor, la asedian numerosas causas penales, cuya dificultad se acrecienta ante el rápido naufragio de la (contra) reforma judicial, que ella impulsó y de la que se vio obligada a despegarse luego del generalizado repudio que provocó.

A pesar de promover ideas que fracasaron reiteradamente en el país y en el mundo y que atrasan al menos medio siglo, con sus presencias y sus ausencias, con sus palabras y sus reiterados silencios, Cristina Fernández de Kirchner continúa siendo el factor de poder más relevante de un sistema que, por eso, sigue profundizando una crisis económica y social sin precedente y, al hacerlo, la vuelve aún más caótica y amenaza con conmocionar los endebles cimientos de nuestro andamiaje institucional.

El pragmatismo le duró lo mismo que se extendió la campaña electoral. En ejercicio del poder, la actual vicepresidenta recuperó su dogmatismo: sus jugadas y movimientos tiñen todas las acciones del gobierno, que ve cómo se erosiona día a día su base de votantes moderados. La palabra «venganza» parece inscripta en muchas de sus acciones: el avance contra Vicentin se asocia inmediatamente con la crisis del campo de 2008; el DNU que congela las tarifas de internet, telefonía móvil y televisión por cable hasta el final del año y la llamada «cláusula Parrilli» de la reforma judicial se convirtieron en un patético revival de la ley de medios. En medio de un impactante crecimiento de la inseguridad y de ataques a la propiedad privada –incluyendo las tomas de tierras vinculadas a los negocios turbios de la política–, la expresidenta despliega su agenda unilateral con total independencia del contexto.

Es posible que el control que ejerce sobre la devaluada agenda nacional sea meramente transitorio: el tembladeral en el que se está encallando de nuevo la Argentina obligará a cambiar los qués (los ejes y las prioridades de la política pública), los cómos (nada importante se podrá hacer sin el consenso de los principales actores políticos y sociales) y probablemente los quiénes (muchos integrantes del gabinete lucen desgastados o están ausentes).

De ninguna manera esto quiere decir que exista riesgo alguno de golpe militar. Se equivoca en este plano Agustín Rossi, el ministro de Defensa. No solo se trata de un escenario improbable: es sencillamente imposible. Uno de los escasos logros de estos casi 37 años de vida democrática ininterrumpida que llevamos es que las Fuerzas Armadas están integradas al orden constitucional. Sin embargo, sin llegar a los extremos de una reversión autoritaria liderada por militares como ocurrió hace diez días en Mali, la Argentina corre serios riesgos de profundizar su significativa decadencia, enfatizando rasgos y mecanismos autoritarios, en especial mediante una utilización más amplia e intensa de instrumentos de corte intervencionista.

Una de las características más importantes de la experiencia 1930-1990 en el país y en toda América Latina, cuando predominaron regímenes autoritarios mechados con breves experiencias de democracias frágiles o tuteladas, fue la conformación de lo que Marcelo Cavarozzi denominó una matriz Estadocéntrica. Estructurada en torno a rígidos mecanismos de intervención del Estado en la economía, la política y la sociedad, fue creada en respuesta a la Gran Depresión (que derivó en un proceso de desglobalización) y colapsó como resultado del desastre fiscal y financiero que implicó la crisis de la deuda a partir de 1982 y, más importante aún, del avance del nuevo proceso globalizador que venía tomando forma desde la década anterior.

En nuestro país, los dos episodios de hiperinflación terminaron de pavimentar el camino para instaurar cambios estructurales que pretendían conformar un nuevo orden basado en las fuerzas del mercado. Esa década efímera de reformas «desde arriba» (ese espejismo voluntarista de un país que buscaba modernizarse y ser por fin competitivo), implementadas como siempre sin consenso ni sensibilidad con (ni compensaciones para) los que quedaban fuera del nuevo sistema, finalizó con otro colapso, allá por diciembre de 2001.

Con un estrecho y tortuoso desfiladero en el cual moverse, limitado por sus permanentes contradicciones y por un equipo que no le acerca soluciones efectivas (tampoco queda claro cuánto escucha a sus colaboradores), Alberto Fernández cae en la misma perversa tentación que sus predecesores: exagera los atributos del hiperpresidencialismo y, lejos de beneficiarse, conspira contra sí mismo. Cuanto más duro se muestra, más impotente resulta ser.

Más de tres décadas de experiencia como operador político para los más disímiles líderes forjaron en él una capacidad para sobreadaptarse a casi todo (su principal denominador común con Horacio Rodríguez Larreta, que, a diferencia del Presidente, siempre transparentó su vocación por ocupar la máxima magistratura). Para no desdibujarse frente a la presión de Cristina, prefiere encabezar la avanzada radicalizadora antes que sucumbir o quedar desautorizado (recuérdese el famoso principio peronista: «con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes»). Tal vez conserve en su fuero íntimo la esperanza de influir en la intensidad o la dirección de la aventura jacobina impulsada por el Instituto Patria (que amenaza con desembarcar en varias provincias para repetir la terapia de asedio y domesticación del Presidente con algunos de sus principales aliados, gobernadores moderados). En la debilidad, es imprescindible seleccionar un adversario aún más magro para confrontar. Alberto Fernández elige entonces a Mauricio Macri, que, solidario con su sucesor, se fotografía en Suiza jugando al fútbol mientras arrastra el karma de los expresidentes: ser siempre candidatos derrotados si se presentan a cargos electivos. Estos esfuerzos no parecen darle buenos resultados: su imagen positiva sigue descendiendo y la política de confrontación no le sirvió para recuperar ni un centímetro de terreno. Quizá le permita consolidar la base dura del peronismo (K y no K) en torno del 37/40% e intentar recuperar algo del segmento moderado el año próximo, en una elección de medio término que será crucial para el futuro político del país. Para eso debe encarrilar una economía que se desangra a diario con la sistemática pérdida de reservas y con un ritmo totalmente desmadrado de emisión monetaria.

La probabilidad de que este curioso experimento político que constituye el gobierno del FdT termine descerrajando una crisis aún más grave aumenta constantemente. Eso convierte a las elementales tácticas desplegadas por los principales actores, incluida CFK, en movimientos lábiles y pasajeros. Nadie tiene estrategias serias, solo maniobras coyunturales para satisfacer un mero capricho, conseguir alguna prebenda y sobrevivir el día a día. La política argentina se convirtió en una lucha hueca y vana por avanzar sin brújula ni metas aplicando métodos que ya han fracasado demasiadas veces y con la utópica pretensión de defender los intereses de los más vulnerables, cuyos dramas cotidianos se acrecientan exponencialmente por las banales incoherencias de quienes fomentan la esclerosis de los principales resortes del poder.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/cristina-kirchner-pragmatica-construir-poder-dogmatica-ejercerlo-nid2433215

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