Asimetrías entre las campañas del oficialismo y la oposición

19 de julio de 2019

No hay dos elecciones iguales: cada coyuntura es única e irrepetible y la configuración de la oferta electoral, en especial en entornos institucionales tan frágiles como el que padecemos en la Argentina, se transforma de manera casi permanente. Las prioridades de la sociedad, o al menos de segmentos electoralmente claves, conforman muchas veces desafíos imposibles de satisfacer para candidatos que deben lidiar con sus propias limitaciones, incluyendo promesas incumplidas o mochilas acumuladas durante un pasado que, como en el tango “Volver”, será difícil de enfrentar. Así, hiperexpuestos ante el ojo crítico de una opinión pública que gracias a las tecnologías de la información y las comunicaciones tiene acceso constante a infinitos registros que permiten confirmar o descartar casi cualquier hipótesis, los principales candidatos transitan esta etapa crítica del proceso electoral con la fundamental colaboración de sus respectivos equipos de campaña.

En este sentido, surgen evidentes asimetrías entre los protagonistas que podrían resultar determinantes no solo (o no tanto) de cara a las PASO, sino, fundamentalmente, en los comicios presidenciales de octubre y, si fuera necesario, de noviembre. Esto no siempre debe ser así. Existen escenarios críticos, situaciones de desgaste extremo o escándalos peculiares que les quitan relevancia a las campañas (sus equipos, recursos, tecnología, sofisticación). Una buena estructura de campaña ayuda a pesar de las circunstancias, es cierto, y una campaña caótica alcanzaría para evitar que un candidato o partido capitalice un contexto que se presenta en principio como favorable. Pero ni la mejor campaña puede hacer milagros (algunos recordarán el caso de Nueva Fuerza en 1973) ni el desorden, las peleas internas y los caprichos pueden impactar tanto como para limitar el atractivo de candidatos posicionados, evitando que se conviertan en canales de expresión (y catalizadores) de la frustración, justificada o no, de segmentos electorales supuestamente relegados (tenemos como ejemplo reciente a Trump).

Las campañas son, en la mayoría de los casos, decisivas para entender el resultado de una elección. En este sentido, Juntos por el Cambio llega a esta instancia final de la competencia, cuando apenas faltan 100 días para los comicios del 27 de octubre, con ventajas relativas respecto del Frente de Todos.

Mientras el oficialismo exhibe un equipo experimentado, del otro lado se percibe una fuerte improvisación. El espacio liderado por Mauricio Macri, que se reveló en 2015 como esa eficaz coalición electoral que recibió el nombre de Cambiemos, tiene en el Presidente uno de sus candidatos más probados y exitosos. Luego de haber sido derrotado en el ballottage para jefe de gobierno de la CABA por Aníbal Ibarra en 2003 -en ese momento, como la cara visible del frente Compromiso por el Cambio, lo que nos demuestra que el concepto de “cambio” estuvo presente desde el principio en buena parte de las denominaciones partidarias de las que participó-, Macri se mantuvo invicto: obtuvo una banca de diputado en 2005, ganó dos veces la gobernación de la capital argentina y llegó a la presidencia en 2015. Horacio Rodríguez Larreta exhibe un currículum similarmente positivo: tras compartir derrota con Macri en 2003 (iba como vicejefe de gobierno), lo sucedió en la ciudad en 2015 en su debut como candidato y la alta tasa de aprobación que tiene su gestión hace pensar que tiene buenas chances de reelegir en su distrito. Por su parte, María Eugenia Vidal obtuvo un sonoro éxito en la provincia de Buenos Aires en 2015 y mantiene una buena imagen y un interesante potencial para ratificar sus credenciales, a pesar de las obvias dificultades que siempre implica administrar ese distrito.

En la vereda de enfrente, Alberto Fernández tiene tras de sí un enorme historial como tecnócrata de la política, pero muy escasa experiencia en la arena estrictamente electoral como candidato. Fue el candidato a legislador por la ciudad número once de una lista encabezada por Domingo Cavallo en 2000. El exministro de Economía -hoy denostado por el candidato de Fernández en la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, en una exacerbación verbal que también demuestra la falta de coordinación en la campaña- se había presentado entonces como candidato a jefe de gobierno y los amantes de las cábalas o de las casualidades podrán decir que también perdió contra Aníbal Ibarra. Es cierto que participó activamente en diversas campañas, incluyendo las de Sergio Massa, Florencio Randazzo o Daniel Scioli, pero una cosa es mover los hilos tras las bambalinas y otra muy diferente es ubicarse en el centro del escenario, donde los focos apuntan siempre a uno, por lo que se requiere una disciplina absoluta.

Matías Lammens, por su parte, muestra buenas condiciones para convertirse en un líder que represente a los sectores del progresismo moderado. Sin embargo, aunque prudente e innovador, la realidad es que también es un debutante en términos de competencias electorales, más allá de su recorrido en San Lorenzo. Por último, Kicillof ganó su lugar en la Cámara de Diputados mientras ejercía como ministro de Economía y tenía el favor -y el apoyo- de Cristina Fernández como para acceder al recinto sin demasiados esfuerzos de campaña, por lo que disputar nada menos que la provincia de Buenos Aires, y desde el lado de la oposición, que siempre es más complejo, es un desafío para nada menor.

La Argentina se mueve a un ritmo vertiginoso y hace que planes y proyectos del momento se tornen obsoletos más temprano que tarde. A diferencia de lo que parecía suceder hasta hace apenas pocas semanas, la elección está fuertemente polarizada, con un margen de acción muy acotado para terceras fuerzas. Y si nos retrotraemos más en el tiempo, la cómoda victoria en primera vuelta que auguraba el oficialismo en la precrisis y el éxito asegurado al que aspiraba la oposición hasta hace semanas se han convertido ahora, en medio del remanente desencanto de buena parte de la sociedad, en una contienda pareja, visión compartida por la gran mayoría de los estudios de opinión pública.

Hoy, el margen de maniobra con el que contaba la oposición aparece más acotado: parte de la ciudadanía empieza a ver la luz al final del túnel de esta extensa crisis económica. El dólar se muestra medianamente estable, la inflación gradualmente se desacelera y el humor social tiende a volcarse, por primera vez en más de un año y medio, levemente a favor del oficialismo. De sostenerse esta dinámica, quedan apenas 100 días en los que las campañas tendrán un papel fundamental. Si quiere aspirar a ganar, el Frente de Todos necesita profesionalizar y mejorar la coordinación de sus campañas tanto a nivel nacional como en CABA y la provincia de Buenos Aires, más allá de los esfuerzos por contener las agrias quejas de los intendentes. Hay aspectos vitales de orden organizativo que deben atenderse, incluyendo la disciplina en los mensajes, la calidad de los mensajeros y hasta la cuestión del financiamiento. Se trata de atributos críticos cuando se analizan las campañas para elecciones presidenciales, tanto en la Argentina como en el resto del mundo.

El ensayo general del 11 de agosto permitirá evaluar fortalezas y debilidades de las respectivas opciones. En un escenario tan parejo, el que tenga más autocrítica, disciplina, capacidad de aprendizaje y de corregir errores puede resultar el ganador.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/lore-con-verit-ip-ercipasimetrias-entre-las-campanas-del-oficialismo-y-la-oposicion-nid2269084

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