Alberto Fernández, un equilibrista en medio de vientos cruzados

24 de enero de 2020

Las voces divergentes dentro de su propio espacio político y factores externos ponen a prueba el pragmatismo y la flexibilidad del Presidente para gobernar.

En las apenas poco más de seis semanas desde que asumió Alberto Fernández ya surgen dos elementos característicos de su liderazgo: el pragmatismo y la vocación para buscar equilibrios en un entorno político fragmentado, inestable y complejo, atributos que se visualizan en la política doméstica y predominan en la exterior. Ambos fueron sumamente útiles, casi prerrequisitos elementales, para reunificar al peronismo luego de un largo período de divisiones internas que arrancaron con la pretensión reeleccionista de Menem, se profundizaron con la implosión de 2001, se reavivaron con la crisis del campo en 2008 y resurgen ahora con mayor nitidez al definir los mecanismos con los que el nuevo presidente pretende consolidar su liderazgo. Una receta tan sencilla como tradicional en todas las experiencias políticas que alcanzaron algo de estabilidad, dentro y fuera de la Argentina: ampliar las bases de sustentación de la coalición que llevó a un dirigente al poder, en especial (pero no únicamente) en sistemas democráticos.

Nada particularmente sofisticado: el abecé de cualquier político profesional. Cuando el pragmatismo y la búsqueda incesante de lograr equilibrios pierden peso relativo en las prácticas y prioridades de cualquier proyecto de poder, tienden a surgir fuerzas personalistas, casi de culto, a veces basadas en ideas y valores diferenciadores, pero poco relevantes o al menos no competitivas en términos electorales. En general, son organizaciones acotadas en escala y recursos, que pueden lograr algún éxito puntual a nivel distrital o provincial o, a lo sumo, integrar una coalición con otros partidos nacionales, pero difícilmente trasciendan por sí mismas ni perduren en el tiempo. Por el contrario, llevado al extremo, los atributos que definen el liderazgo de Alberto Fernández remiten a esos típicos movimientos «atrapa todo» ( catch all) tan afines a la tradición nacional-popular latinoamericana e incluso a algunas experiencias partidarias en Europa y en Estados Unidos.

Así, en un esfuerzo por lograr una nueva simbiosis que revirtiera la diáspora entre el kirchnerismo, los gobernadores y los intendentes del GBA, más el aporte fundamental de sindicatos y movimientos sociales, esta reencarnación de un peronismo victorioso contó con la inestimable ayuda de Macri y sus principales colaboradores, que dilapidaron en pocos meses el enorme capital político logrado tras el triunfo electoral de mitad de mandato. Con Cristina derrotada en la provincia de Buenos Aires y sin dirigentes capaces de reorganizar el partido, buena parte de los actuales integrantes del Frente de Todos esperaban de Macri lo que ahora quieren encontrar en Alberto: una convocatoria abierta y plural para integrarse a un proyecto inclusivo en el que tuvieran, como sintetiza magistralmente la Doctrina Verna, «un palenque en el que rascarse». Se encontraron para su sorpresa con un empresario frío, distante, soberbio y displicente que con tono admonitorio y amenazante los convenció de que pretendía si no su desaparición o sumisión absoluta al nuevo orden amarillo, al menos una reeducación profunda según los postulados del evaporado paradigma del cambio cultural. Esto sucedió el 30 de octubre de 2017 nada menos que en el CCK. Muchos sostienen que el punto de inflexión en el frustrante derrotero de la experiencia Cambiemos fue la insólita conferencia de prensa del 28 de diciembre de 2017, en la que se anunció el cambio en las metas de inflación y se sacrificó la tenue independencia del Banco Central. Desde el punto de vista político, el quiebre había sucedido dos meses antes en aquel singular evento que nucleó a lo más granado del establishment nacional.

¿Alcanzan estos atributos para superar los múltiples escollos que enfrenta el nuevo gobierno? ¿Podrían incluso convertirse en obstáculos para lograr algunos objetivos fundamentales, sin los cuales sería virtualmente imposible encauzar la gestión? La historia argentina sugiere que algunas ideas, herramientas y políticas que parecen o fueron en algún momento parte de una solución pueden rápidamente convertirse en problema si no predomina una autoevaluación crítica permanente que cuestione su pertinencia. Aferrarse a un conjunto de opciones instrumentales acotado puede resultar entonces muy contraproducente.

¿Hasta dónde es posible llevar estos niveles de pragmatismo y equilibrio? ¿Cuál es el límite para el comportamiento ambiguo en un contexto en el que múltiples voces dentro del propio espacio político del presidente cuestionan públicamente sus resoluciones? ¿Es lógico que la ministra de Seguridad, Sabina Frederic, ponga en tela de juicio la decisión de sostener a Hezbollah dentro del registro de organizaciones terroristas, una iniciativa impulsada por Macri y que contó con el beneplácito del gobierno norteamericano? Acentuando sus habilidades como contorsionista, Fernández deberá demostrar que puede en simultáneo contener a Hebe de Bonafini y lograr la ayuda de las potencias de Occidente, cruciales para encauzar la relación con el FMI. Este viaje a Jerusalén, clave en términos simbólicos y prácticos, le dará un primer contacto personal con algunos de los principales líderes mundiales.

Otras cuestiones domésticas constituyen obstáculos no menos inquietantes. Fernández enfrenta presiones incompatibles entre sí: para despejar las razonables dudas del mundo civilizado sobre su presidencia y su país necesita un claro compromiso por la calidad institucional y el respeto al Estado de Derecho. Lo contrario de lo que esperan de él quienes promueven la «liberación de los presos políticos», incluyendo a Milagro Sala. El impulso al «tribunal ético» que juzgará el supuesto lawfare en Madrid podría interpretarse como una «solución» de compromiso, porque el caso argentino se diluiría entre muchos otros y porque, a diferencia del memorándum con Irán, no afectaría en principio el trámite de las causas de corrupción vigentes en el fuero federal. De otro modo, que un presidente constitucional viole la división de poderes tendría un efecto reputacional devastador.

Igual de costosa puede ser la combinación de errores no forzados cometidos por el gobierno en los últimos días: la liviandad con la que el gobernador de la provincia de Buenos Aires coquetea con el default de su deuda o la ampliación de la brecha entre el tipo de cambio oficial y el paralelo, mientras ambos experimentan un creciente atraso ante una inflación que sigue su dinámica sin que nadie brinde indicio alguno de que alguna vez existirá un plan para controlarla.

Pero el peor daño autoinfligido lo genera la negativa a reglamentar la ley de la economía del conocimiento, afectando a uno de los sectores más dinámicos de la economía nacional, con un altísimo valor agregado, múltiples externalidades positivas en términos de educación, ciencia y tecnología y con un fenomenal balance en términos de divisas. El costo de oportunidad de relocalizar estos emprendimientos es muy bajo: profesionales jóvenes, innovadores y altamente capacitados pueden trasladarse rápidamente junto con sus laptops y su inagotable espíritu emprendedor a cualquier rincón del planeta. Aquella ley había sido aprobada con un amplio consenso, incluyendo a los integrantes del Frente de Todos. A partir de ahora, lo que haga el Congreso será mucho más irrelevante: nadie podrá garantizar que una ley habrá de ser respetada, más allá del apoyo parlamentario que hubiese obtenido. En el plano simbólico, que el primer unicornio argentino sea de las empresas más afectadas y que encima se llame Mercado Libre constituyen una síntesis acabada de la ideología del pobrismo y su interminable efecto deletéreo.

Se equivocaría mucho cualquiera que pensase que alcanza con ingentes dosis de pragmatismo y flexibilidad para mantenerse a flote y gobernar un país tan indómito como la Argentina.

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